La acacia, siempre verde, es un árbol asociado a la inmortalidad. Su resistencia a la descomposición y su capacidad de florecer incluso en condiciones áridas la convirtieron en emblema de la vida que perdura más allá de la muerte.

En este sentido, al ser un árbol de hoja perenne, puede ser asociado con otros árboles simbólicos que cumplen con esa misma condición como el laurel, el pino, el ciprés y el abeto, la cual aparece claramente representada por el árbol de navidad, con su color verde, que es signo de vitalidad, de renacer, de regeneración, de rejuvenecimiento y de vida nueva.

Siendo así, no es raro que la acacia aparezca de forma reiterada en el simbolismo funerario, cementerios y en la ornamentación de tumbas y monumentos conmemorativos, donde representa la inmortalidad del alma y la certeza de que la muerte no implica una aniquilación, sino una transformación o tránsito hacia otro plano de existencia.

De acuerdo a Frederick Dalcho, los antiguos israelitas colocaban una acacia junto a la sepultura como símbolo de la esperanza en la resurrección. Henry Blount, en las crónicas de sus viajes por Oriente (Travels in the Levant , 1636), describe varias costumbres funerarias y observó que “ aquellos que pueden costear una losa de mármol la tienen cortada en el centro, de alrededor de una yarda de largo y un pie de ancho; allí plantan clases de plantas o flores que permanecen verdes todo el año, las cuales parecen brotar del cuerpo del difunto, creyendo con ello devolverlo nuevamente al ciclo vital, aunque no en el ámbito de las criaturas sensibles, sino en el de lo vegetal”.

También está documentada una antigua costumbre, especialmente en las culturas griega y romana, según la cual los familiares y amigos del difunto llevaban en sus manos, durante los funerales, un retoño de alguna planta perenne —generalmente de cedro o de ciprés— para depositarlo en la tumba. Durante la Edad Media, el romero se convirtió en la planta funeraria predominante en Europa. Los retoños de romero eran llevados por personas en la procesión fúnebre y también se colocaban dentro de los ataúdes para ocultar cualquier olor que pudiera emanar del cadáver.

Como podemos ver, las plantas de hoja perenne, siempre verdes, forman parte esencial de la ritualística funeraria occidental, a fin de expresar de algún modo la continuidad de la vida más allá de la muerte.

Ahora volvamos a centrarnos en la acacia. Según leemos en el Antiguo Testamento, el arca de la alianza estaba construida con madera de acacia revestida de oro:

“Besalel hizo el arca en madera de acacia. Tenía de largo dos codos y medio, de ancho un codo y medio y de alto un codo y medio. La doró con oro puro, por dentro y por fuera, y guarneció su contorno con una moldura de oro. Fundió, para el arca, cuatro anillos de oro y los fijó a sus cuatro pies: dos anillos de un lado, y dos anillos del otro. Hizo también barras con madera de acacia y las revistió de oro… Hizo la mesa con madera de acacia. Tenía dos codos de largo, un codo de ancho y un codo y medio de alto. La doró con oro puro y guarneció su contorno con una moldura de oro… Hizo las barras con madera de acacia y las revistió de oro; debían servir para el transporte de la mesa. Hizo utensilios que debían guarnecer la mesa: los platos, las copas, las páteras y los aguamaniles para las libaciones: todo de oro puro” (Éx 37,1-4.10-11.15-16).

La madera de acacia fue elegida por su incorruptibilidad, ligereza y resistencia, cualidades que la hacían idónea para objetos sagrados destinados a perdurar. En el contexto bíblico, esta madera representa la pureza y la permanencia de lo espiritual frente a la corrupción de lo material. El hecho de que el Arca de la Alianza —símbolo de la presencia divina entre los hombres— estuviera construida con acacia y revestida de oro no es casual ya que la acacia representa el alma inmortal, mientras que el oro se asocia al Espíritu, a la divinidad y a la perfección incorruptible.

Quizás por esta conexión simbólica, siglos más tarde llegó a afirmarse que la corona de espinas de Jesús el Cristo había sido hecha de espinas de acacia, lo cual refuerza su significado como símbolo de expiación. Las espinas representan el dolor, mientras que la acacia nos habla de incorruptibilidad e inmortalidad. En este sentido, la corona de acacia representa el triunfo de la vida sobre la muerte y la redención a través de las dificultades, el viejo concepto bien conocido por los antiguos de “Ad astra per aspera” (Hacia las estrellas por medio de las dificulades).

René Guénon toma esta conexión simbólica de la acacia con la corona del Monte Calvario y vincula sus espinas con rayos luminosos, y esto significa tradicionalmente que el portador de esa corona recibe una luz que viene de lo alto (la corona actúa como copa o contenedor) y luego transmite esa energía (a través de los rayos), convirtiéndose en un canal de lo divino.

Si acudimos a los mitos del Antiguo Egipto, descubriremos que los relatos dicen que, cuando el cuerpo de Osiris fue arrojado a las orillas del Nilo, el cofre que lo contenía quedó atrapado dentro del tronco de un árbol, identificado por algunas versiones como una acacia y por otras como un tamarisco. El árbol creció rápidamente, envolviendo el cofre en su interior, hasta convertirse en un pilar sagrado erigido luego en el palacio de Byblos.

Tanto la acacia como el tamarisco son árboles característicos del desierto del Sinaí, Palestina y Egipto, resistentes a la sequía y crecen en suelos áridos o salinos. Al igual que otros árboles que señalé antes, el tamarisco era plantado cerca de los sepulcros como protector del alma e incluso en la Biblia se dice que Saúl fue enterrado debajo de un tamarisco en Jabes.

En la tradición masónica, la acacia está indisolublemente ligada a la historia de Hiram Abiff. Según se cuenta, tras ser traicionado y asesinado, el Maestro constructor fue enterrado en secreto en una colina alejada de Jerusalén. Días más tarde, sus discípulos encontraron el cuerpo pero como era de noche, con respeto cubrieron el cadáver con tierra y el Hermano Stolkin colocó una rama de acacia a fin de reconocer posteriormente el lugar.

En otras versiones, la acacia brota del mismo cuerpo del Maestro muerto, saliendo a la superficie para advertir a los Hermanos del lugar exacto de la sepultura, abriéndose paso hacia la Luz para llenar con la fragancia de sus flores el ambiente.

Desde entonces, la acacia se convirtió en el símbolo del Maestro Masón y cuando a un maestro se le pregunta: “¿Eres Maestro Masón?”, este responde: “Conozco la acacia”, y en el examen de recocimiento se dice:

  • ¿Qué anuncia la acacia?
  • Una sepultura.
  • Qué anuncia la sepultura?
  • Un renacimiento.

Morir y volver a nacer, una de las claves de la Filosofía Iniciática.

Pero el conocer la acacia quiere decir mucho más. Veamos algunas definiciones de esto:

Según Antenor dal Monte, “conocer la Acacia es tener la capacidad y el poder para discernir lo real y permanente en lo ilusorio y transitorio, y esta es, sin duda, la “señal” que distingue a un verdadero Maestro de alguien que no lo es”.

Para Oswald Wirth, “conocer la acacia es poseer las nociones iniciáticas conducentes al descubrimiento del secreto de la Maestría”.

Jehel sostenía, por su parte, que “conocer la acacia es conocer en qué consiste la inmortalidad”.

Jessica Hartmann dice que “conocer la acacia es compartir un secreto que no puede ser revelado, sino vivido. Por esta razón no es posible que estas enseñanzas sean profanadas”.

Esta frase de Hartmann está en consonancia con lo que dice Wirth, siempre tan incisivo:

“¿Son ustedes Maestros verdaderamente? Responder que cierta rama misteriosa les es conocida no resuelve la cuestión, porque cada uno puede retener una fórmula muy ritualista y repetirla, sin haberle tomado todo su alcance”. Aquí Wirth nos habla de quedarse en la superficie y repetir de forma mecánica “conozco la acacia” sin haber penetrado en su verdadero sentido, sin haber vivido la experiencia que esa fórmula encierra.

Y sigue Wirth: “No hay nada de humillante en confesar nuestra impotencia frente al misterio. Admitido en la Cámara del Medio hace siete lustros, yo no puedo vanagloriarme de conocer la Acacia. (…) Mis viajes no han terminado y trabajo sin descanso en conquistar la Maestría, que estoy muy lejos de poseer”.

Con esta humildad característica, Wirth nos recuerda que la Maestría no es un estado alcanzado, sino un proceso.

Por eso, en mi opinión, conocer la acacia es ser conscientes de que existe un camino y que nuestro propósito existencial es recorrerlo. Dejar las excusas y las pavadas de lado, ponerse las botas y transitar ese sendero, pasito a pasito, desde la oscuridad a la luz.