El Jeroglífico Universal es una imagen simbólica diseñada para condensar en una sola figura el conjunto de principios de la tradición iniciática. En cierto modo es un esquema o mapa muy ambicioso creado, a fines del siglo XIX, por John Yarker.
Pero, ¿quién era John Yarker?
Este personaje era un masón inglés que fue iniciado a los 21 años en la Logia Integrity N°189 (bajo la Gran Logia Unida de Inglaterra) en Manchester) pero que luego se fue alejando de la Masonería regular. Interesado por los rituales antiguos, empezó a meterse en círculos iniciáticos marginales y su interés se centró en los ritos egipcios de altos grados, como el Rito de Memphis.
Abocado a darle fuerza a la masonería egipcia en Inglaterra, Yarker obtuvo una patente para establecer un Santuario Soberano del Rito Antiguo y Primitivo en Inglaterra e Irlanda. Con este respaldo, Yarker fue el promotor de la unificación de los ritos egipcios y en 1881, contando ya con las líneas de sucesión tanto del Rito de Memphis como del Rito de Misraïm, fusionó estos bajo la autoridad del italiano Giuseppe Garibaldi, quien fue proclamado Gran Hierofante de Menfis y Misraïm.
Paralelamente a su labor en la masonería egipcia, Yarker participó también en varias órdenes esotéricas y sociedades iniciáticas de la época, como la Societas Rosicruciana in Anglia (SRIA), una sociedad rosacruz masónica, también estableció contacto con la Golden Dawn y en 1877 confirió a Helena Blavatsky el título de Princesa Coronada, el más alto grado del rito de adopción femenina de Menfis-Misraïm.
Además de esto, mantuvo contacto con Papus, iniciándose en la Orden Martinista y con Aleister Crowley, siendo uno de los inspiradores de la Ordo Templi Orientis (OTO).
Ahora que tenemos una idea de John Yarker, pasemos a analizar su Jeroglífico Universal.
En primer lugar, debemos entender que Yarker no utiliza el término “jeroglífico” en sentido egipcio estricto.

En una primera mirada, el jeroglífico tiene forma de rombo, que son dos triángulos unidos por la base, y el de arriba está tan lleno de símbolos que no sabemos ni por dónde empezar a mirar. Como dice un viejo emblema que incluí en mi último libro: “Que me entienda el que pueda”. Y Yarker la pone complicada, pero igual vamos a tratar de desentrañar qué hay en este jeroglífo y entenderemos lo que podamos.
Más allá de esto, la estructura general de este Jeroglífico se basa en tres formas geométricas fundamentales: el triángulo, el cuadrado y el círculo. Y esta es una regla fundamental del simbolismo que debemos siempre tener en cuenta: cuando no sabemos por donde empezar, empezaremos por la geometría. ¿Por qué? Porque -desde lo simbólico- el universo entero, en toda su complejidad, puede ser entendido y descompuesto a través de la geometría. La geometría es el lenguaje de la creación, podríamos llamarle el sistema operativo del cosmos. En palabras de Platón: “Dios geometriza”.
Entonces: la parte superior del Jeroglífico tiene la forma de un triángulo equilátero, la primera y la más sencilla de las figuras rectilíneas regulares, que generalmente simboliza al fuego elevándose a lo alto.

Si dividimos cada lado del triángulo en tres partes iguales y seguimos todas las líneas de intersección, éste quedará dividido en nueve triángulos más pequeños, generando en el centro un hexágono regular, en cuyos ángulos aparecen los símbolos de los seis planetas, ocupando el sol el lugar central.
Este hexágono está rodeado con una cuerda anudada con ochenta y un nudos. 81 es 8+1=9, al igual que la circuferencia de 360 grados, 3+6+0=9.
En el interior del círculo, vemos lo que Yarker llama el Gran Jeroglífico de la Naturaleza (un doble triángulo, con una cabeza de la cual parten tres ramas), que constituye la base de todos los misterios, de todas las iniciaciones, y que se encuentra en todas las teogonías.
A los lados están las dos columnas J. y B. Los contornos exteriores de las columnas y la base de la pirámide forman un cuadrado perfecto inscripto en el círculo. Entonces aquí aparecen las tres figuras más relevantes y básicas de la Geometría Sagrada: el Triángulo, el Círculo y el Cuadrado.
Entre las columnas hay una pirámide oscura que forma una tumba y que dice en hebreo Arets Scheol (Terra sepulchri), o debería decir eso, porque la verdad es que Yarker no lo escribe de forma muy clara. Esta pirámide está encima para decirnos que la muerte es la puerta de la vida, es la idea hermética de la putrefactio, la descomposición necesaria para que algo nuevo pueda nacer. Para crear oro, primero tenemos que reducir la materia a su estado primario, a su caos original. O sea que este elemento simbólico nos dice que tenemos que dejar que algo se pudra para que se convierta en tierra fértil, y en términos iniciáticos: morir para poder renacer.
La otra inscripción arriba dice Arets Hachaiim, la tierra de los vivientes, o por lo menos debería decir eso. El calígrafo no estaba muy inspirado, según parece.
Sobre la tumba se encuentran las letras M.B., que tienen varias interpretaciones según el grado masónico, y una calavera atravesada por una rama de acacia espinosa. De la cabeza brotan tres rosas, una de color dorado, con tallo y corazón púrpura; la segunda de plata, con el tallo y el corazón azul; la tercera, con el tallo y el corazón negros y hojas verdes.
Detrás de la pirámide y la tumba hay un candelabro, una vela encendida, que representa la divina presencia.
Luego están los triángulos más pequeños.
El triángulo superior que dice Yarker que representa el mundo arquetipal y donde están presentes el sol y la luna, los dos grandes principios de toda generación, activo y pasivo,y como producto de esta unión de Padre-Madre aparece la estrella flamígera entendida como Hijo con la letra “G” grabada en el centro.
Entre el sol, la luna y la estrella, aparece el ojo que todo lo ve, vinculado por Yarker al ojo egipcio.
Aunque no se nota mucho, en la parte superior está la letra hebrea “Yod”, a veces llamado monograma de la divinidad o (la primera letra del Tetragramaton o nombre de Dios) para representar a la divinidad pura y más abajo leemos Ain Soph (es decir la realidad divina absoluta e infinita). También hay un templo con 21 escalones y tres columnas donde están las letras S.F.B. (Sabiduría Sageness, Fuerza Force, Belleza Beauty).
En el segundo triángulo menor, del lado derecho, aparecen otras dos columnas de mármol blanco, simbolizando la pureza, una coronada con el sol y la otra con una estrella en llamas. Leemos en las columnas las letras A. S. (Amor, Sabiduría), los dos grandes principios adoptados por Swedenborg.
A los lados de las dos columnas se pueden ver una menorah, un candelabro de siete brazos y el mar de bronce, que son elementos vinculados al Templo de Salomón, y abajo hay dos figuras empleadas por los Cabalistas para designar los principios del bien y del mal, es decir, Ooramaze (Ahura Mazda) y Ahriman, o como son designados en los oráculos zoroastrianos, Sisamoro y Senamira. Dichos principios son los dos puntos extremos de la generación universal, la vida y la muerte, o el fuego generativo y vivificante, y el fuego combustible y destructivo. Ambos fuegos siempre producen uno solo.
El tercer triángulo menor encarna al mundo elemental. En él vemos el Ankh o Cruz Ansata, sobre un templo con nueve bóvedas, sostenidas por muchas columnas. En estas bóvedas están grabados los caracteres de los elementos, así como los de las principales operaciones herméticas. Y acá tenemos que creerle a Yarker porque si hacemos zoom no vemos absolutamente nada de esto.
También dice el autor que en la puerta, sobre la base de un frontón triangular, está escrito el Tetragramaton Yod-He-Vav-He (capaz que yo estoy un poco ciego pero les juro que no lo veo) y frente al Templo hay un altar montado sobre siete escalones, pintados con los siete colores de la obra. Sobre los mismos, está grabado un puñal para señalar que solo abriéndonos el cuerpo podremos obtener la semilla.
Sobre el altar hay un cáliz lleno de sangre, del cual sale una mazorca de maíz. Esta sangre es vivificada por un rayo de sol reflectado por un espejo. El haz de luz estelar reflejado, penetra a través de un agujero diseñado en la Bóveda.
Un poco más abajo, hay una cruz roja, una corona invertida y una rama de Moly, que es una planta mítica mencionada en la Odisea, que -segun cuenta Homero- fue entregada por Hermes a Ulises como protección frente a los hechizos de Circe. Aunque en esta obra clásica se la describe con raíz negra y flor blanca, Yarker habla de tres raíces negras, cinco hojas verdes y cuatro flores blancas.
Como complemento a esta pirámide hay otra invertida la cual habla -según nos dice Yarker- de la acción de las influencias celestiales sobre las cosas inferiores, y el descenso hacia su propia tierra para producir la fecundidad de los seres. Su parte inferior es color carmesí y su borde está formado por cuadrados intercalados en blanco y negro, con la excepción de cuatro pequeños intervalos que son azules. En la parte superior del triángulo hay un inmenso sol radiante. , cuyo fragmento debe estar formado por una única lámina de oro.
Dos letras hebreas destacan: Alef y Tav que se corresponden a las griegas Alfa y Omega.
Esta es un análisis muy a vuelo de pájaro del Jeroglífico Universal de Yarker, que debemos entender como una especie de contenedor.
En mi opinión, no es muy consistente y las explicaciones que brinda el autor son insuficientes, pero de todos modos tiene algunos detalles de interés.



