Muchos se han preguntado si Christian Rosenkreutz es un personaje histórico o simplemente una figura simbólica. Las interpretaciones varían según la escuela o la corriente que se consulte. Algunos escritores sostienen que efectivamente existió un individuo real, un iniciado que recorrió Oriente y Occidente en busca de sabiduría y que luego fundó una fraternidad secreta. Desde esta perspectiva, la Fama Fraternitatis relataría, de forma velada, episodios de su vida y obra.
Otros autores, en cambio, entienden que Christian Rosenkreutz no debe tomarse como una figura literal, sino como un arquetipo: un noble viajero que se desplaza a tierras lejanas, representando un proceso de transformación espiritual, donde el viaje externo no es sino una metáfora del recorrido del alma.
Sin embargo, el año pasado estuve investigando a varios peregrinos anteriores a los manifiestos rosacruces que podrían haber inspirado la figura del mítico fundador de la Rosacruz. Entre todos ellos, destaca uno que encaja de forma sorprendente con el perfil descrito en la Fama: Félix Fabri, un fraile dominico de noble cuna que sirvió en el convento de Ulm, en Alemania. Nacido en 1438 ó 1439 como “Felix Schmid”, su nombre latinizado resulta particularmente simbólico: Félix significa “bendito” o “afortunado”, mientras que Fabri es la forma genitiva de faber, que en latín significa “herrero” o “artesano del metal”.
Vemos entonces que, en primer lugar, tanto Félix Fabri como Christian Rosenkreutz comparten tres rasgos fundamentales: ambos proceden de una familia noble, son de origen alemán y poseen un nombre de fuerte carga simbólica —el Cristiano Rosacruz y el Artesano Bendito.
Pero hay más coincidencias: Félix Fabri peregrinó a Tierra Santa dos veces, desde el 14 de abril hasta el 16 de noviembre de 1480 y desde el 13 de abril de 1483 hasta el 30 de enero de 1484.
En su primer viaje, partió desde Ulm (Alemania) y viajó por tierra hasta Venecia, pasando por Kempten e Innsbruck, hasta llegar a Venecia. En su travesía por el Mar Adriático tuvo varios contratiempos. Más tarde pasó por Rodas y atravesó el Mediterráneo haciendo escala en Chipre hasta llegar a Jaffa (actual Israel). Desde allí continuó hacia Jerusalén, visitando los principales lugares santos: el Santo Sepulcro, el Monte de los Olivos, Belén y el Jordán. En su regreso pasó por Egipto, visitando El Cairo y las pirámides de Guiza.
En su segundo viaje, repitió parte del recorrido anterior, pero amplió su viaje hasta el Sinaí, visitando el monasterio de Santa Catalina, desde allí continuó hacia Arabia Petraea y la región del Monte Horeb. Después regresó nuevamente por Egipto.
Su obra “Evagatorium”, donde describe su viaje desde Ulm a Tierra Santa, fue el relato de peregrinación más conocido y mejor estudiado de la Baja Edad Media, y era bien conocido en Alemania en la época de Johann Valentinus Andreae (que vivió a escasos 80 kms de Ulm) y es altamente posible que este autor haya tomado prestadas ciertas referencias e incluso haya tomado a Fabri como modelo al escribir la historia de Christian Rosenkreutz para su Fama Fraternitatis.
Pero hay más. Al saber de sus viajes, unas monjas de clausura (las Clarisas de Pfullingen) que querían viajar a Tierra Santa pero que no podían salir de su convento, le pidieron a Fabri que escribiera para ellas unas instrucciones para una peregrinación espiritual, es decir sin moverse del monasterio. Ante este pedido, Fabri escribió un libro en 1491 que nosotros podríamos llamar de “entrenamiento imaginal” titulado Sionpilger (Los peregrinos de Sion), una guía día a día en alemán para realizar una peregrinación «imaginal», con visualizaciones vívidas de Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela.
Esta práctica, que es conocida como “peregrinación en espíritu”, cuenta con la imaginación y la memoria como herramientas principales. En su obra, Fabri fomenta que el lector participe activamente, y se repite una y otra vez la frase: “imagina que estás allí” con el objetivo de provocar en el lector una auténtica experiencia de lo sagrado.
Estas técnicas imaginales son similares a las que utilizó San Ignacio de Loyola al escribir sus ejercicios espirituales, donde enseña lo siguiente:
El primer puncto es ver las personas con la vista imaginativa, meditando y contemplando en particular sus circunstancias, y sacando algún provecho de la vista. (aquí habla de visualizar, usando la vista imaginal)
El 2º: oír con el oído lo que hablan o pueden hablar, y reflitiendo en sí mismo, sacar dello algún provecho. (es decir, la técnica imaginal consiste no solo en ver sino también en oir)
El 3º: oler y gustar con el olfato y con el gusto la infinita suavidad y dulzura de la divinidad del ánima y de sus virtudes y de todo, según fuere la persona que se contempla, reflitiendo en sí mismo y sacando provecho dello.
El quarto: tocar con el tacto, así como abrazar y besar los lugares donde las tales personas pisan y se asientan, siempre procurando de sacar provecho dello. (en otras palabras, los ejercicios imaginales necesitan una total inmersión sensorial, con el uso de los sentidos físicos pero en un plano metafísico).
Estas técnicas están emparentadas con la imaginación activa de Carl Gustav Jung, es decir no una mera fantasía sino una apelación a la “vera imaginatio”, la verdadera imaginación, que nos permite penetrar a un plano intermedio donde las imágenes poseen realidad efectiva y actúan como puentes entre lo sensible y lo espiritual.
La travesía imaginal propuesta por Félix Fabri es una de las formas de “peregrinación sustitutiva” vinculadas a los caminos de peregrinación cristianos, básicamente a tres ciudades: Roma, Jerusalén y Santiago de Compostela. Estas peregrinaciones pueden ser de dos formas:
La primera: en representación de otra persona que no puede desplazarse por enfermedad o muerte.
La segunda: en sustitución del viaje físico a Compostela, pudiéndose realizar a santuarios alternativos que eran un equivalente simbólico. Recordemos que los laberintos medievales como el de Chartres eran otro ejemplo de esta misma lógica simbólica de sustitución. Los laberintos trazados en el suelo de las catedrales —como el de Chartres, Reims o Amiens— representaban un “Camino a Jerusalén”, donde el peregrino recorría de rodillas o en meditación un trayecto simbólico hacia el centro.
Todas estas peregrinaciones sustitutivas parten de una misma lógica: que la intención y la devoción sincera pueden sustituir el desplazamiento físico, manteniendo viva la experiencia de transformación espiritual propia del Camino.
Ahora volvamos a Johann Valentinus Andreae. ¿Acaso su obra “Las bodas químicas de CRC” no pueden ser considerada también una forma de peregrinación imaginal, es decir, una experiencia interior que, valiéndose del lenguaje simbólico, reproduce el itinerario espiritual de un discípulo que debe avanzar superando diversas pruebas hasta alcanzar su iniciación como Caballero de la Piedra de Oro?
Lo mismo podría decirse del resumido viaje de Christian Rosenkreutz a Oriente.
En definitiva, aunque la figura de Christian Rosenkreutz parece haber tenido antecedentes históricos como Félix Fabri, yo creo que lo más importante es su significado arquetipal, es decir como símbolo del noble viajero, que encarna el impulso del alma por regresar a su origen divino, recorriendo el sendero de retorno a la Fuente.



